Dicen que existía un barquero llamado Caronte que realizaba viajes a través de un lago subterráneo, de los que ya nunca volvías. Transportaba el alma de sus pasajeros a cambio de un óbolo por una ruta tan sombría como fría y silenciosa, donde el alma quiero pensar que comprendía por fin la razón de tantas vicisitudes. Y aquel río Aqueronte era testigo de todas esas almas que fluían hacia el infinito en un trayecto de inusitadas e inesperadas preguntas y respuestas. Debo suponer, que Caronte no tenía el mejor trabajo de este mundo, aunque también creo que era testigo de las grandes verdades de la humanidad, aquellas que sólo habitan nuestro interior, y que sólo se revelan en esos momentos de absoluta clarividencia. Y debo pensar que sus experiencias e historias que contar, probablemente resultarían cuanto menos abrumadoras para cualquiera. Y es que, en esos momentos la vida no perdona ni juzga, ni distingue, ni separa a las personas por sus diferencias de cualquier índole, tan solo te llama a ese viaje y te regala el paseo más inquietante que hayas podido soñar nunca.
Me inquieta mucho esa relación tan terriblemente bella y existencial entre el alma y el infinito, el vacío, la no existencia, o quizá la existencia futura en un plano distinto, quizá extracorpóreo, quizás en otra dimensión. Pero aun así, me hallo en un nivel de pensamiento que intenta racionalizar algo que ya de por sí es prácticamente irracional. Una bonita indeterminación de un límite cuando el tiempo tiende a infinito. Bello e impreciso. El ser humano intentando entender lo incomprensible, la emoción, los sentimientos, los pensamientos, el alma … todo ello tan impreciso como los bordes del mar en la orilla, siempre escapándosenos entre los dedos. El amor, la belleza, el alma, todos términos que definen al ser humano de una forma tan precisa y a la vez tan imprecisa, que resulta desconcertante. Desearía ver más allá, y poder comprender más de lo que comprendo, de sentir más de lo que siento, de ser más de lo que soy, pero el ser humano tiene una carcasa que le envuelve y le limita, y que quizá aunque pudiera ser más, siempre desearía a su vez volver a serlo de una manera recurrente e infinita. Porque el saber y el conocimiento no tienen límites y son inabarcables en todos sus aspectos.
El caso es que cuando el barquero te visita y te invita a subir a su barca, para realizar esa travesía silenciosa y eterna, uno reflexiona profundamente a unos niveles de los que ni siquiera él mismo es consciente. Todo cambia, todo muta, todo se transforma, porque ya nada es igual, todo ha cambiado para siempre, y todo aquello que creías de una forma, se convierte en otra, en una suerte de evolución personal muy reveladora. Ya nada tiene el mismo valor, ya nada se siente de la misma forma, ya nada se percibe del mismo modo, y las experiencias vitales se empiezan a valorar de una forma extraordinariamente distinta. La visión de lo que te rodea cambia completamente y parece que nos hubiéramos puesto unas gafas de ver lo real, lo auténtico, fuera de la fanfarria y los artificios de las realidades parciales y la superficialidad de este mundo de artificios. Quizás sea la experiencia más intensa, real y reveladora de lo que eres, de lo quieres ser y de lo que siempre viniste a hacer.
Y en esa barca, en esa quietud, en ese remanso de silencio, en la oscuridad de la persona, del yo, del abismo de lo humano, surgen las preguntas más inquietantes y las soluciones más inquietantes y personales a su vez. Ahí es cuando se vislumbra la verdad de uno mismo, de lo que vale y lo que no vale de verdad en nuestra realidad, lo que uno debe cuidar y aprovechar, y aquello de lo que debe desprenderse y despreciar. Pero sobre todo, el yo sufre una transmutación profunda e intensa, en una metamorfosis, como esa mariposa que asoma tras ese disfraz de gusano, y que nos proyecta en un yo transformado a ser esa versión de nosotros mismos que desecha la superficialidad y la vanidad, dando paso a una versión más consciente y más reveladora de lo que desea.
Pero no todo tiene que ser un viaje con Caronte para llegar a ese objetivo metafísico. Podemos vernos atropellados por ese tren infernal de la vida, que de repente nos saque de nuestra zona de confort, y nos lleve a una zona de reflexión, que nos obligue a revisar todas nuestras prioridades y valores, para finalmente llegar a ese destino vital, donde sean nuestras verdades más profundas las que manden. Así que, probablemente siempre hay un Caronte o varios en tu vida que pueden hacer que tu mundo cambie, y tus coordenadas vitales se transformen buscando un nuevo origen.